Aníbal Vallejo R
EL MUNDO, 20 de julio de 2010
El periódico EL MUNDO publicó (5 de julio de 2010) información sobre la propuesta de trasladar los animales grandes del Zoológico Santa Fe a otro lugar. La Sociedad de Mejoras Públicas está dentro de nuestros inalterables afectos de solidaridad, admiración y respeto desde ese lejano año de 1907 cuando el socio Harold B. Meyerheim propuso el nombramiento de una comisión para estudiar “un medio práctico para regularizar la circulación de perros en la ciudad, evitando que estos animales sean destruidos arbitrariamente”. Antecedente significativo que años más tarde dio origen en su seno a la Sociedad Protectora de Animales. Muchas horas he dedicado pacientemente para desentrañar sus archivos desde la fecha de su creación y poder reconstruir esa desconocida historia para las nuevas generaciones.
La idea inicial de disponer de un parque zoológico se remonta al Bosque de la Independencia (hoy Jardín Botánico) donde se trató de aclimatar algunas aves hidrófilas y el cultivo de peces en el lago. En 1933 Gabriel Echavarría insinuó la formación de una colección de animales en ese mismo lugar con una idea de preservación y a la vez de emulación de zoológicos de Estados Unidos y de Europa que habían conocido prestantes miembros de la entidad.
A la muerte de la señora Mercedes Sierra de Pérez en 1959 se inició la construcción del zoológico y la adecuación del museo. Los parques zoológicos de Washington y Nueva York donaron entre otros, dos leones africanos un búfalo y un chimpancé.
Han pasado los años y con ellos épocas de dificultades para el funcionamiento del zoológico. Y han cambiado las circunstancias en la relación de los humanos con las especies animales.
La tendencia actual en el mundo es la de erradicar las imágenes de los recuerdos crueles de las que han llamado “casas de fieras” decimonónicas y el caduco concepto del coleccionismo. Debe reconsiderarse el principio de que los animales son seres dotados de sentimientos y sensibilidad cuyo bienestar debe prevalecer en contra de conceptos erróneos como el de adaptar a los animales a las instalaciones y no a la inversa. Prescindir de la difícil o escasa capacidad de adaptación de algunas especies. Crear ambientes rígidos, fríos y artificiales. Sacrificar espacios mínimos necesarios de unos animales en función de poder exhibir otros. Carecer de estímulos propios de entretenimiento, diversión y socialización con los de su especie. No ofrecer ambientes opcionales para la escogencia del animal según sus necesidades y circunstancias anímicas. Como principio básico debe de estar una política educativa coherente de respeto a los animales que asuma que todos los que no han adquirido pautas de convivencia con la especie humana, rehuyen el contacto permanente con nuestra especie. Debemos entender que el marco de una vida común de la que personas y animales formamos parte, se halla limitada por el entorno ecológico. Estos lugares no pueden sustituir la información que transmiten los animales salvajes libres y en su propio hábitat natural. En nada se aumenta el conocimiento del visitante desprevenido que no va más allá de leer la cédula de identificación de una especie con su nombre vulgar, científico y de pronto el lugar de procedencia y la especificación de sus hábitos diurnos o nocturnos. ¡Qué decir de los zafaris nocturnos, la música estridente, las luces artificiales inoportunas, que rompen con el remedo de una noche en la selva invadida por humanos extraños! |