ANIBAL VALLEJO R
EL MUNDO, 24 de abril de 2012
En la nochebuena de 1961 el dictador Francisco Franco decidió cazar palomas en los alrededores del palacio de El Pardo, donde se daba agua y comida a los numerosos animales silvestres que vivían en el bosque inmediato. Parece que cargó su escopeta con cartuchos equivocados y uno le explotó hiriéndole en la mano. El parte médico informaba que Franco se había roto “la falange”. Tremenda dificultad para difundir así la noticia que fue presentada en otros términos. Tenía que ser así. Algo parecido ha sucedido ahora con su pupilo, el llamado Rey Juan Carlos de España. ¿Cómo informar a los millones de indignados que mientras ellos están en el paro, su rey, que les acaba de pedir paciencia para enfrentar la difícil situación económica, se accidentó matando esta vez elefantes, por allá en Botswana, África. Qué triste fotografía con la que algunos medios han difundido la nueva matanza del Rey. El enorme elefante con su trompa doblegada sobre el tronco de un enorme árbol que le detiene en la caída. Y al rey ¿quién se la detendrá? Algún día este personaje pasará a la historia, para nosotros ahora su triste historia de matador de animales. Que siempre la ha sido.
Y es que además de las protestas de los indignados se deberían oír masivamente las protestas de quienes respetan la vida en cualquiera de sus formas, no tanto por lo que haya costado extravagantemente su jornada de matanza, sino por todas las anteriores y por las víctimas despreciadas por los matones que a estas alturas del siglo siguen considerando a los animales como los objetos propicios para sus malsanas diversiones.
En 1975, tras la muerte de Franco (el Generalísimo), España vivió su particular transición cinegética y el rey Juan Carlos remplazó al caudillo con sus superdotadas armas en los mejores puestos de las cacerías más elitistas de una sociedad indolente. Para entonces es complicado decidir cuál de los dos era mejor tirador. El rey comenzó a tirar siendo un niño, mientras que Franco fue un cazador tardío puesto que habría pasado el medio siglo cuando desarrolló su pasión. El rey la tenía desde niño y continúa ya viejo a “sus” 74 años matando animales. Como si no fuera suficiente, ahora resulta también herido su nieto, Juan Froilán Marichalar de 13 años, hijo de la infanta Elena quien se pegó un tiro en un pie por andar en las mismas de su abuelo. ¡Qué familia ejemplar ésta! No es la primera vez que el rey sufre un accidente de caza. Como no es la primera vez que mata animales a mansalva y sobre seguro.
Esta nefasta afición heredada llevó a Francisco Franco Salgado-Araujo, primo del generalísimo, a escribir en sus memorias: “No se entiende cómo el país pudo funcionar a lo largo de 40 años. Cuando empezaba la temporada cinegética casi no quedaba tiempo para despachar con los ministros, que también se iban de cacería, unas veces con el general y otras por su cuenta”. Y la historia se repite. ¡Qué bien le aprendió la lección a su maestro! La lección de matar. Pasará a la historia de la ignominia humana y mal le recordarán, como referente de la maldad. Pobre país al que le tocó en suerte recibirlo como herencia.
¿Cuánto tiempo aguantarán esta monarquía desgastada?
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